El poder oculto del agua

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Si en algo podemos estar de acuerdo todos es en que escuchar el murmullo del agua tiene algo cuya suavidad rítmica trasciende los sentidos y a quienes gustan de la meditación les coloca ante cierta sensación de infinitud, ya sea el rumor del mar, el borboteo de una fuente o esas melancólicas gotas de lluvia golpeando sobre la tierra o contra los cristales de casa.

Cuentan que la Tierra está marcada por una serie de zonas energéticas de enorme poder que se enlazan entre sí mediante las llamadas “líneas Ley”, descritas para el común de los occidentales en 1921 por el arqueólogo Alfred Watkins, y que las culturas orientales ya conocían bajo el sugerente nombre de “venas del dragón”, las cuales son el fundamento del feng-shui. El lugar donde estas líneas se cruzan es considerado enormemente poderoso, y a través de él se manifiestan determinadas fuerzas telúricas.

Desde los tiempos más remotos, tales zonas aparecen marcadas por la presencia de una construcción de carácter sagrado, desde templos hasta sencillos cruceiros o monolitos. De hecho, parece haber sido habitual que, previamente a cualquier edificación, las estructuras monolíticas ya hubiesen sido erigidas en estos lugares por antiguas culturas, un hecho que se presenta como determinante y clave para entender las implicaciones que este fenómeno ha tenido a lo largo de la Historia, pues el conocimiento de estas líneas es propio de todos los tiempos y lugares, lo que nos remite a un conocimiento ancestral y atávico del ser humano. ¿Otra herencia de la cultura atlante?

El factor común de todas las zonas energéticas es que van asociadas a corrientes de agua subterráneas, sobre las cuales se perfilan ciertas formas geométricas que sentarán las bases de la construcción, la cual actuará como canalizadora de las fuerzas telúricas. Como un pefecto motor magnético, en palabras del doctor Daniel Rubio, cuyas ideas expongo resumidas a lo largo de este artículo.

Plano de Santa María de Bareyo y sus corrientes de agua realizado por el doctor Daniel Rubio

El agua actúa como una batería que pone en circulación la energía de la naturaleza y hace que ésta resuene en todas sus dimensiones. Como mínimo, existe una corriente en dirección este a oeste que determina el eje principal del templo construído sobre las líneas de poder. Perpendiculares a la misma, suele haber al menos dos corrientes que dividen el edificio en tres partes. El doctor Rubio afirma que tal esquema de corrientes también es propio de los primitivos dólmenes, recorridos en su longitud por un canal acuático, y de los menhires, en los que se detectan dos corrientes como mínimo.

Existen aguas subterráneas en las grandes construcciones egipcias, en Teotihuacán y en los grandes lugares sagrados del mundo. En el caso de templos cristianos, que los canteros basaban su maestría en saberes elevados y simbólicos es algo que se da por hecho. La presencia del agua en las iglesias es tan importante que los maestros canteros las llegaban incluso a canalizar de manera artificial, como se ha descubierto en las catedrales de Santiago y de Chartres, las cuales responden a una misma estructura energética de catorce canales que confluyen en un único punto. Este se sitúa en el coro de Chartres y en la figura del apóstol en Santiago.

Al recorrer el laberinto dibujado en el suelo de la catedral de Chartres, estaríamos activando el lugar sagrado.

El primer punto simbólico es el crismón, ese símbolo compuesto por las letras “X” y “P” y que marca la salida del Sol y que también recoge, mediante la disposición de unas líneas, información sobre si las corrientes están dominadas o no en ese lugar. La presencia de estas corrientes estarían marcadas en el deambulatorio de las iglesias. Así, en el caso de Santiago de Compostela, las marcas son unas incrustaciones de mármol negro en el suelo.

Otros signos que se pueden encontrar en los templos y que hacen referencia a las corrientes de agua son las capillas radiales, que aparecen colocadas como manifestación de las canalizaciones subterráneas y estarían repartiendo la energía en el interior del templo, y ciertas figuras de los capiteles, como los peces, las sirenas o las hojas de aliso. El que una sirena aparezca representada con una o dos colas describiría el número de corrientes sobre el que se asienta el lugar. En el caso del aliso, conviene recordar que éste era asociado al agua por las tradiciones celtas.

Y hablando de celtas, el denominado “pozo druídico” es considerado un amplificador de las energías telúricas. Se alimenta del llamado “túnel druídico”, por el que las energías son canalizadas a un punto concreto con el fin de crear un vórtice en el que confluirían las energías del cielo y de la tierra.

Según Jacques Bonvin, al que cita Daniel Rubio, la corriente de agua más cercana a la entrada oeste de la iglesia actúa como filtro para el visitante, un símbolo de purificación. Precisamente, la pila bautismal se colocaría en el lugar donde se atraviesa la corriente para entrar en la zona telúrica de la construcción sagrada. Tras pasar esta zona telúrica, la segunda corriente perpendicular al eje central marca el paso a la parte cósmica de la iglesia, el lugar en que se encuentran los elementos más sagrados del templo.

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Desde otra perspectiva, también espiritual pero concerniente a la propia individualidad, es imposible no recordar los trabajos de Masaru Emoto sobre las relaciones entre la conciencia y la disposición molecular del agua, que tantas polémicas ha generado durante los últimos años. Según el profesor Emoto, las energías positivas provocan formas perfectas y cristalinas en las estructuras moleculares del agua, mientras que las energías negativas son canalizadas como formas oscuras y desvirtuadas. Esta capacidad del agua le otorga enormes capacidades curativas.

Teniendo en cuenta que somos 70% agua, puede que tengamos que prestarle más atención a este tipo de cosas. Quién sabe si ese desganado y hostil gruñido del vecino que nos cruzamos nada más salir de casa por la mañana no nos cargará nuestras queridas moléculas con energías negativas que oscurezcan y desvirtúen el día. Por mi parte, voy a empezar a comunicarme mejor con mis plantas, no sea que mi incapacidad como jardinero nada tenga que ver con haberles puesto un sustrato barato…

–Entrevista a Daniel Rubio, Espacio en blanco, 16/01/2011:

Cuarto Milenio, programa 40, “La memoria del agua”, sobre el profesor Masaru Emoto:

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